El perdón como motor de la vida

Es un acto casi instintivo. Chocamos de forma accidental con alguien en el metro y decimos “lo siento” de forma automática, sin importar quién tenga la culpa. Escuchárselo decir a la otra persona nos hace sentir mejor porque, al asimilar sus disculpas, apagamos nuestro incipiente cabreo ante este contacto no deseado. Pero con los niños la situación cambia. A ellos pedirles disculpas no les reconforta.

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Puedes leer en El Español el reportaje completo.

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